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Agricultura y carbono en el suelo: tema fundamental en mitigación del cambio climático

Como lo demuestra un trabajo colaborativo entre el Centro Internacional de la Papa (CIP) y la Corporación Brasileña para la Investigación Agrícola (EMBRAPA), es más importante que nunca incluir a la agricultura como un elemento clave en las estrategias para reducir las emisiones globales de carbono.

Los acuerdos globales y las discusiones previas sobre el cambio climático no han incluido a la agricultura. Específicamente, han dejado fuera el papel que juega el suelo como un enorme almacén de carbono, y lo que ello significa en términos de mitigación de las emisiones de carbono y del efecto invernadero.

La omisión de la agricultura como un elemento a considerar en el destino de las reservas de carbono en el suelo se debe en gran parte a las dificultades para medir los niveles de éste en el suelo y su estabilidad en el sitio, en muestras de suelo no perturbado. Hasta hace poco, esas mediciones solamente eran posibles en laboratorio, usando equipos sofisticados y  caros.

Pero ahora, existen nuevas técnicas que tienen el potencial de proporcionar mediciones a bajo costo y confiables. Los científicos del CIP y de EMBRAPA han aplicado y validado un nuevo método para la medición del carbono en el suelo, usando un sistema portátil, asequible y fiable. Usa un nuevo dispositivo, desarrollado por el Centro de Instrumentación Agrícola de EMBRAPA, que emplea técnicas ópticas inducidas por láser para medir los niveles de carbono y su estabilidad en un conjunto de muestras de suelo. El dispositivo es tan liviano y práctico que puede ser usado directamente en el campo.

Los científicos del CIP y de EMBRAPA verificaron los niveles de carbono en el suelo usando el dispositivo en una variedad de sistemas agrícolas y de uso de la tierra en el sur del Perú. Las muestras representaron los agroecosistemas más comunes de las áreas tropicales de todo el mundo. Los resultados mostraron amplias variaciones en los niveles y estabilidad del carbono almacenado en el suelo, dependiendo de factores como el uso de la tierra, los cultivos, el contenido de agua, la elevación y las prácticas agrícolas. Por ejemplo, los pastizales húmedos y las turberas de las mesetas de las tierras altas contienen cuatro veces la cantidad de carbono encontrado en los suelos de bosque húmedo, el estándar común contra el que se comparan los niveles. En contraste, las áreas sembradas con papa, maíz o árboles de oliva contienen sólo entre la mitad y las tres cuartas partes del contenido almacenado en los suelos de bosque  húmedo. También hay diferencias importantes en la estabilidad de la estructura química del carbono encontrado en diferentes suelos; el carbono menos estable es más común en muestras de gramíneas halladas en las mesetas a gran altitud y es más probable que escape a la atmósfera si se altera el suelo.

Las implicancias para las emisiones de carbono son grandes. “Los suelos sin perturbaciones son sumideros naturales de carbono”, explica Roberto Quiroz, del CIP, uno de los investigadores principales del estudio. Sin embargo, actividades como la labranza liberan carbono del suelo hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono (CO2), uno de los gases de efecto invernadero más importantes. Por lo tanto, si un agricultor transforma un pastizal a gran altitud en tierra de cultivo, por ejemplo, habrá una pérdida neta en la cantidad de carbono retenido en el suelo y un incremento en la cantidad de CO2 que escapa a la atmósfera.

De hecho, en las regiones montañosas tropicales, como los Andes, los agricultores pobres ya están sembrando cultivos en las partes más altas de las montañas y convirtiendo sus pastizales en tierras de cultivo, debido a que las tendencias al calentamiento por causa del cambio climático están aumentando las amenazas de plagas y enfermedades en los cultivos de menor altitud.

“Tenemos herramientas y medios para ayudar a mitigar esos efectos, y para transformar un riesgo medioambiental en una oportunidad para retener el carbono del suelo a la vez que mejoramos las condiciones de vida de los agricultores pobres”, afirma Quiroz.

Los científicos del CIP y sus socios vienen trabajando tres estrategias: 1) Desarrollo de cultivos más resistentes al estrés, de manera que los agricultores puedan continuar sembrando en los campos ya existentes en altitudes más bajas; 2) Uso de técnicas de manejo de cultivos (por ej. coberturas, manejo de agua) y diversificación de los sistemas agrícolas, para equilibrar las pérdidas de carbono en el suelo con métodos para capturar y retener el carbono en el mismo; y 3) Implementación de incentivos financieros y otras técnicas que recompensen a los agricultores por la gestión mejorada de los sumideros naturales de carbono y de los suelos. Los científicos continúan probando y perfeccionando su dispositivo portátil con el fin de que pueda adaptarse más fácilmente a un uso más extendido.

La agricultura representa el 31 por ciento de las emisiones totales de carbono. El 88 por ciento de ellas podrían ser plenamente reducidas, incluyendo un 74 por ciento en los países en desarrollo. “Pero la agricultura debe ser parte de

las discusiones sobre el cambio climático”, subraya Quiroz. “Más que ser parte del problema, es una gran parte de la solución”, concluye.

Para mayor información, contactar a:

Zoraida Portillo
Coordinadora de Prensa
Departamento de Comunicación y Difusión
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